Sola

Desde que pasó, hace ya casi un año, me gusta caminar sola por la playa, sobre todo durante los meses en los que el viejo y achacoso invierno se aparta ante el brioso y juvenil embiste de la primavera que, aunque algo tímida todavía, parece decidida a quedarse definitivamente. Es una época ideal porque, sin hacer todavía calor; hay más horas de sol, la temperatura del agua no es muy fría y se puede pasear por la orilla sabiendo que, si no imposible, es muy difícil coincidir con alguien: saberme inobservada es, sin estar segura de ello, una sensación no muy distinta a la que deben de experimentar aquellos que se marchan sin darse cuenta, lo que lejos de angustiarme me parece la mejor manera de hacerlo. De hecho, en algunas ocasiones, durante los raros momentos en los que, como ahora, consigo encontrar la soledad, me pregunto si no habré yo también abandonado mi cuerpo sin ser consciente de ello. De cualquier forma, únicamente estando conmigo misma es cuando puedo ser realmente yo, ser dueña de mis juicios, de mis sensaciones; porque al no ser determinados por ninguna presencia u opinión son, por así decir, vírgenes, nuevos y genuinos; como un día que empieza y en el que nos parece que podemos volver a empezar de nuevo sin importar lo mal que lo hayamos pasado o cuantos errores hallamos cometido.

Sé que lo hacen de buena fe, me refiero a que sé que la gente, sobre todo Luís, actúan con la sana intención de ayudarme, pero hay momentos en que su compañía, especialmente la de él, se me hace tan dolorosamente contundente, tan molesta… Pero tengo que ser paciente, comprenderle y sobre todo hacerle entender que únicamente necesito más tiempo, más momentos para mí sola, para reflexionar, para encontrarme, algo que antes, curiosamente, no me era perentorio, acaso porque desde que pasó, he podido darme cuenta del poco caso que me hacía, de lo poco que me escuchaba y del tiempo y energía malgastados tratando de anteponer las necesidades de los otros a las mías, de querer gustar siempre a todo el mundo. O puede que, en fin, me haya vuelto egoísta, huraña, una cincuentona amargada… Ni lo sé ni me importa, ya pocas cosas me importan de verdad.

Aunque recorro siempre el mismo camino, desde el apeadero al espigón, las sensaciones que experimento nunca son iguales, ahora la vida varía a cada momento, a cada segundo, a cada paso que doy. Ya nada de lo que está fuera de mi cuerpo altera verdaderamente mi ánimo. Sinceramente creo que he logrado darle a la imaginación el estatus que se merece, y así, aunque sé que estoy en casa, aquí en Castelldefels, no me cuesta creer que me encuentro en un país muy lejano en el que nadie me conoce y a quien nadie conozco. ¡Ah, esto me gusta! El agua está hoy más fría que ayer, basta que me adentre un poquito para notar cómo la sangre se coagula en mis venas formando pequeños y estriados cristalitos que me producen un delicioso entumecimiento. ¡Apenas puedo moverme! ¡Es agradable sentir que, a pesar de todo, aún tengo un cuerpo!

No muy lejos, siguiendo el lento recorrido de Laura a lo largo de la costa, Luís, su marido, la sigue a través del paseo marítimo. Ella, piensa él, se enfadaría si supiera lo atento que está a cada uno de sus movimientos, el cuidado con el que mide -como el padre que enseña a montar a su hija en bicicleta- cada uno de sus titubeantes pasos.
Y es que a pesar de saber cuán férrea es su voluntad, sus ganas de vivir, no consigue olvidar que era él quien conducía esa noche, que es a él a quien su esposa debe el que ahora sea ciega y no sea capaz de ver el mundo más que con la ayuda de unos recuerdos que, inevitablemente, irán siendo llevados por la corriente del olvido.